Empresario chino inaugura mega feedlot bonaerense con objetivo de engordar 100.000 cabezas anuales

En El Mangrullo, un paraje entre Saladillo y General Alvear, la diversificación dejó de ser una estrategia teórica para convertirse en la fórmula de supervivencia y crecimiento de un productor argentino. Antonio Riccillo, de 71 años, construyó durante cuatro décadas un complejo agropecuario que supera el modelo tradicional centrado únicamente en el vacuno: cría intensiva de cerdos con casi 5.000 madres, seis granjas avícolas, una planta de extrusado de soja y un feedlot que ahora opera en asociación con inversores extranjeros. Su última apuesta es la economía circular: una planta de bioenergía que inyecta electricidad a la red nacional y que abre la puerta a subproductos como biofertilizantes.

Riccillo no nació en una familia de ganaderos. Su origen estuvo marcado por carencias económicas y una habilidad temprana para la electrónica, competencia que le permitió desarrollar un equipo de telefonía inalámbrica y obtener el capital inicial para comprar tierras. Fue así como llegó a El Mangrullo hace 42 años y, mediante sociedades y pruebas constantes, consolidó un polo productivo diversificado y resiliente.

El vínculo con la inversión china marcó un nuevo capítulo. La empresa New American World, liderada por Sun Wei, llegó con una propuesta que rompe la lógica tradicional del comercio con Asia. Hasta ahora lo habitual era que compradores chinos adquiriesen la carne ya faenada en frigoríficos argentinos. En este caso, la apuesta va más allá: los inversores comparten el riesgo del proceso productivo desde la crianza y el engorde, convirtiéndose en socios activos en la cadena de valor. La meta declarada por Sun Wei es ambiciosa: llegar a engordar 100.000 animales por año. En los primeros pasos de la alianza ya se observa avance: en dos meses se probaron circuitos con vacas para invernada y hay cerca de 700 animales en los corrales, con el objetivo de alcanzar en poco tiempo 2.000 cabezas y sumar novillos pesados.

En la operativa, el inversor compra hacienda a nombre de su firma y la lleva al feedlot de Riccillo. El equipo local se encarga del engorde hasta el peso deseado, momento en que el propietario decide el envío al frigorífico que prefiera. Este modelo no solo implica mayor inversión extranjera directa; genera empleo local y agrega valor a la producción mediante la integración del proceso productivo. La relación se fue consolidando con gestos simples que superaron las barreras culturales: desde un empleado desconfiado por la costumbre de llevar sandías como muestra de educación, hasta la comunicación asistida por traductores y herramientas de inteligencia artificial.

El establecimiento de Riccillo reúne tecnologías y prácticas que buscan eficiencia y sostenibilidad. La planta de bioenergía, que aprovecha residuos del feedlot, aporta electricidad a la red y está en fase de experimentar con biofertilizantes, cerrando un ciclo productivo que reduce desperdicios y genera ingresos alternativos. La combinación de granjas porcinas, avícolas y una planta de extrusado da margen para maniobrar frente a las volatilidades del mercado y crear sinergias internas.

Sin embargo, la realidad económica argentina plantea desafíos serios que impactan la rentabilidad. El retraso del tipo de cambio frente a una inflación sostenida en pesos golpea a todas las unidades de negocio. Riccillo ejemplifica la tensión con el precio que recibe por la electricidad generada: hace dos años cobraba el equivalente a un dólar valuado en 1.500 pesos; hoy percibe un dólar menor a 1.400 pesos, mientras que sueldos, insumos y servicios siguen escalando. Esa desalineación hace crujir las cuentas y encarece la producción. En particular, el precio del ternero está “explosivo”, lo que complica la ecuación financiera para cualquier inversor que valore la producción en dólares. Sin medidas que corrijan estas distorsiones, advirtió, la producción queda en situación de fragilidad.

Más allá de la macroeconomía, el sector sufre la falta de instrumentos financieros específicos: líneas de crédito para retener vientres, financiar engorde o estabilizar ciclos productivos. Riccillo reclama soluciones que permitan sostener el rodeo y capitalizar la producción a mediano plazo. A esto se suman trabas burocráticas que afectan exportaciones y abren brechas de valor. Un ejemplo emblemático es la dificultad para exportar menudencias a China por falta de gestiones eficientes entre autoridades nacionales y japonesas o chinas, según el sector. Eso genera ventas subvaloradas en otros mercados —como África, donde cortes terminan vendiéndose a precios muy inferiores a los que pagarían en Asia— y priva al productor de oportunidades de mayor rentabilidad.

En este contexto, Riccillo mira con interés hacia la exportación de cortes premium y nichos especializados. La cuota Hilton, la posibilidad de vender cortes de mayor valor y el acceso a restaurantes de alta gama en mercados como Perú muestran que hay demanda por carne argentina de calidad. “La Argentina tiene una marca impuesta: produce buena carne y la carne nuestra es rica”, afirma. La tendencia a llevar animales a pesos de faena más altos —de 380 kilos, por ejemplo— está consolidada y abre opciones comerciales que antes eran impensadas.

A nivel estructural, el país enfrenta un estancamiento del stock bovino que contrasta con la expansión brasileña, impulsada por políticas de Estado que multiplicaron el rodeo vecino. “No recuerdo nunca un plan ganadero, un plan de desarrollo del Estado”, señala Riccillo, subrayando la ausencia de una estrategia pública sostenida para estimular el crecimiento del sector.

El interés internacional no se limita a China: este año la finca de Riccillo recibió delegaciones japonesas vinculadas a proyectos de inversión en carnes argentinas, lo que indica que hay apetito extranjero por el producto local. No obstante, Riccillo advierte un cambio de etapa en el mercado chino: durante años, China absorbió vacas de menor valor para otros destinos, pero ese ciclo se está agotando y la oferta de animales de poco valor destinado a China tenderá a disminuir. Ese ajuste obliga a repensar destinos y estrategias comerciales.

En síntesis, la experiencia de El Mangrullo combina innovación, diversificación y apertura internacional con limitaciones macroeconómicas y regulatorias que condicionan su expansión. La asociación con New American World muestra que modelos de inversión que comparten riesgo y valor agregado pueden transformar la cadena de la carne y generar empleo local. Pero para que esas iniciativas escalen y se traduzcan en un crecimiento sostenido del sector hace falta un marco de políticas coherente: tipos de cambio que reflejen la realidad, líneas de crédito específicas, gestiones diplomáticas ágiles para abrir mercados y medidas que incentiven el incremento del rodeo nacional. Con esos apoyos, la mezcla de bioenergía, bioproductos, producción porcina y avícola, junto al feedlot, tiene potencial para consolidar una propuesta exportadora robusta y más resiliente ante las crisis.

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