En el extremo sur del país, donde el viento sobre el Canal de Beagle convierte la vida diaria en una cuestión de logística y adaptación, Nelson Ginter y su esposa María Alejandra Pirchio crían gallinas ponedoras que abastecen a hogares y restaurantes de Ushuaia. Esta microproducción representa un caso práctico de cómo se produce alimento en condiciones extremas y por qué la innovación genética y la logística son claves para la seguridad alimentaria regional.
La historia importa porque demuestra que la producción primaria no es exclusiva de las zonas templadas y que modelos locales pueden sostener gastronomía de alta gama y consumo doméstico en territorios aislados. Además, el relato expone los costos ocultos y las adaptaciones necesarias para mantener una cadena de valor en una isla fría y cara.
Ginter no nació en la Patagonia sino en la llanura pampeana, a 90 kilómetros de Bahía Blanca, y su vínculo con el campo fue por herencia familiar y contacto constante con animales durante su infancia. Tras su llegada a Tierra del Fuego en 1989 y una carrera en telecomunicaciones, la cría de gallinas comenzó como un pasatiempo que terminó convirtiéndose en una producción reconocida localmente.
Su relación con la avicultura fue evolucionando: empezó con gallinas comunes a comienzos de los años noventa y luego recibió apoyo del INTA, que le entregó aves en tandas de 10, 25 y 60, hasta alcanzar picos de 120 y, en su mejor momento, 160 aves. Hoy, luego de restricciones urbanas y limitaciones de espacio, mantiene 115 aves distribuidas entre su vivienda urbana y un lote en Punta Paraná.
La explotación funciona con una dinámica estacional: en verano la mayor parte del plantel se traslada a Punta Paraná, a 82 kilómetros de la ciudad, donde las aves pueden moverse libremente y aprovechar pasturas. En invierno, por el contrario, las gallinas vuelven a Ushuaia para evitar que los huevos se congelen y para recibir iluminación artificial que favorece la postura.
El clima exige medidas operativas constantes porque la infraestructura térmica es limitada y el hielo complica el acceso a los corrales; por eso Ginter recoge los huevos temprano y muchas veces los guarda en ambientes calefaccionados para evitar pérdidas. Además, debe renovar el agua de los bebederos varias veces al día para que no se solidifique y cubrir los pisos con viruta para mitigar el viento helado.
Un factor decisivo en la supervivencia y productividad del plantel fue la genética desarrollada por el INTA, que incorporó líneas resistentes al frío y cruces con la raza Araucana, lo que además permite la obtención de huevos de tonos azulados. Esa selección genética no solo mejora la adaptación, sino que también añade valor diferencial en un mercado que busca productos locales y con historia.
La producción local se vende mayoritariamente por recomendación boca a boca y abastece tanto a particulares como a restaurantes de alta gama, entre ellos establecimientos premiados que valoran la calidad y el relato del producto. En promedio comercializan alrededor de 22 maples por semana, donde un maple equivale a una caja de 30 huevos, según el esquema comercial local.
Costos logísticos y mercado en la isla
El margen operativo está marcado por costos de insumo y flete que en muchos casos duplican el precio base del alimento; una bolsa de 25 kg que en la provincia de Buenos Aires cuesta unos 17.000 pesos, en Ushuaia se comercializa en torno a 35.000 pesos. Con 115 gallinas, la pareja consume cerca de dos bolsas cada dos días, por lo que el gasto en alimento es la partida más onerosa del negocio.
El flete a la isla hace que el transporte a menudo resulte más caro que la mercadería misma y obliga a planificar compras y rotación de stocks con antelación para evitar rupturas. La presión del crecimiento urbano en barrios altos de la ciudad también redujo la posibilidad de expansión, lo que obligó a achicar la producción y optimizar el uso del espacio disponible.
Más allá de los números, la experiencia de Ginter y Pirchio muestra que el valor percibido por los clientes locales compensa, en parte, los costos logísticos y la escala limitada; la confianza de restaurantes como Kalma Restó y Crujiente les ofrece canales de comercialización estables. Sin embargo, la continuidad de este tipo de iniciativas depende de apoyos técnicos, acceso a insumos y reglas claras sobre manejo urbano que permitan producir sin conflictos.
Lecciones para producir en climas extremos
Primero, la adaptación genética y el acompañamiento técnico son determinantes para replicar el modelo en otras latitudes frías porque permiten maximizar la postura y reducir pérdidas por el frío. Segundo, la logística local y el acceso a alimento a precios competitivos son condicionantes estructurales que requieren políticas de transporte y subsidios focalizados para islas o zonas remotas.
Por último, la historia de este matrimonio evidencia que la producción agropecuaria a pequeña escala puede generar impacto social y económico local cuando combina tradición, innovación y vínculo con la gastronomía; es un ejemplo de resiliencia rural en el fin del mundo. Mantener esos emprendimientos vivos exige equilibrar costos, políticas públicas y demanda, y valorar el rol estratégico de instituciones como el INTA en la transferencia tecnológica.



