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sábado, 31 octubre 2020

Inocular y fertilizar, dos prácticas que se complementan en beneficios

El nitrógeno (N) es uno de los principales nutrientes indispensables para el crecimiento de las plantas. Aunque el 78 % del aire está compuesto por nitrógeno gaseoso, las plantas no pueden asimilarlo. De allí que algunas especies leguminosas han desarrollado mecanismos simbióticos para capturar el nitrógeno atmosférico y transformarlo en amonio dentro de la planta para que sea asimilado por esta (el proceso se denomina Fijación Biológica de Nitrógeno). Uno de los ejemplos más conocidos es el caso de la relación simbiótica entre la soja y las bacterias del género Rhizobium.

Se requieren alrededor de 80 kilos de nitrógeno para producir una tonelada de soja. Es uno de los cultivos con mayor demanda de nitrógeno, debido a la alta producción de proteínas y aceites en relación con otros cultivos. Para dar respuesta a esta necesidad, la ciencia y la industria desarrollaron la tecnología de inoculación que, por su demostrado desempeño durante años, se constituye como la forma más eficiente para garantizar la provisión del nitrógeno que el cultivo requiere para la formación de proteínas, ácidos nucleicos y otros componentes celulares, importantes para el metabolismo del cultivo.

A la par de la inoculación, Salvagiotti -investigador del INTA Oliveros –Santa Fe–, recomienda realizar una fertilización con otros nutrientes que no sea nitrógeno (por ejemplo, fósforo, azufre y micronutrientes) para lograr una nutrición balanceada del cultivo. Asegurar un suelo rico en nutrientes beneficia la acción de las bacterias provistas por el inoculante: favorecen la FBN a través de una correcta nodulación y ejercen un efecto promotor del crecimiento.

“Son prácticas complementarias que le permiten a la planta generar los nódulos primarios –de mayor importancia para el crecimiento–, que luego promueven el desarrollo de biomasa e incrementan rendimientos en la etapa final del cultivo”, observó Salvagiotti. La formación de tres o cuatro nódulos bien definidos en el tallo principal de la planta garantiza un adecuado proceso de FBN.

En este sentido, Matías Gorski, responsable de la línea de inoculantes de Rizobacter, destacó que, gracias a diferentes sustancias y mecanismos, las bacterias del inoculante toman los nutrientes que las plantas no pueden aprovechar directamente y los liberan al medio en forma asimilable. “De esta manera, se amplía la cantidad de nutrientes a los que accede el cultivo, no sólo por el aumento en la disponibilidad, sino también porque las raíces desarrollan una mayor capacidad exploratoria al entrar en contacto con las sustancias promotoras del crecimiento vegetal que producen los inoculantes”, explicó.

En tanto, Salvagiotti se refirió al efecto PGPR (efecto de bacterias promotoras de crecimiento vegetal) promovido por los productos biológicos, que a campo se expresa a partir de la cantidad de planta emergidas por metro cuadrado. “Además de la captura del nitrógeno ambiental, las bacterias pueden liberar otras sustancias hormonales que inducen este efecto que mejora las condiciones de las raicillas recién generadas en la rizosfera y facilita la correcta implantación”, apuntó.

Respecto de la fertilización, Salvagiotti recomendó analizar el estado nutricional de los lotes con el objetivo de identificar las deficiencias y reponer los nutrientes necesarios. “Para que ocurra la sinergia entre la adición de fertilizantes con el inoculante, es conveniente aplicar fertilizaciones fosforadas y basadas en diversos micronutrientes y evitar las fertilizaciones nitrogenadas”, detalló.

En esta línea, Fernando Sánchez –responsable de la línea de fertilizantes de Rizobacter– remarcó la aparición de tecnologías de nutrición de cultivos innovadoras que permiten no sólo dosificar los nutrientes tradicionalmente utilizados (fósforo, azufre y zinc), sino también la posibilidad de agregar nuevos micronutrientes que mejoran la FBN y la fijación de granos. Dentro de su línea, destaca a Microstar CMB, es un fertilizante microgranulado de rápida disolución que, además de macronutrientes, aporta cobalto, molibdeno y boro. Son micronutrientes esenciales que mejoran la FBN y la fijación de granos y resultan de muy difícil dosificación a campo, debido a que representan consumos pequeños por parte de las plantas (gramos/hectárea).

A este atributo, se le suma la posibilidad estratégica de poder ser agregado a la siembra junto a la semilla sin generar fitotoxicidad a las dosis recomendadas (mucho menores a la de los fertilizantes commodities).

En conjunto, “estos beneficios dan como resultado una mayor biomasa aérea (nudos por planta) junto con una mejor y más rápida capacidad exploratoria de las raíces dentro del perfil del suelo, lo cual genera un incremento en el número de granos producidos por metro cuadrado y explica las diferencias de rinde obtenidas con la aplicación de estas nuevas tecnologías”, argumentó Sánchez.

En ensayos a campo, la tecnología de CMB marcó diferencias de hasta 1000 kg/ha y la mayoría de los resultados se ubican dentro del rango de los 300 y 600 kg/ha. Es importante resaltar que los resultados positivos no sólo aparecieron en lotes pobres o de mucha historia agrícola, sino también en lotes de soja de segunda donde la tasa de éxito fue del 100 % y en lotes de primera muy bien nutridos.

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